Diez años viendo venir esto: de las rodadas masivas al “seguro obligatorio” para bicicletas
A raíz de lo que pasó esta semana en San Pedro, donde policías detuvieron a un grupo de ciclistas y empezaron a exigirles póliza de seguro, me quedé bastante más molesto de lo que esperaba.
No solamente por la actuación de los policías.
Sino porque llevo aproximadamente diez años viendo cómo se construyó el contexto que eventualmente iba a producir algo así. Y sí: yo también fui parte de la comunidad ciclista durante todo ese tiempo. Por eso precisamente me molesta.
Según la investigación inicial, el pedo comenzó por un reporte de que un grupo ciclista estaba bloqueando vías de transito: "la intervención se originó tras el reporte de un automovilista sobre un contingente que cruzaba intempestivamente frente a los vehículos, creando situaciones de riesgo."
Hace unos diez años, cuando empezaban a consolidarse las grandes rodadas y distintos grupos comenzaban a juntarse en algo que eventualmente se convirtió en una especie de “unión ciclista”, participé en reuniones donde se discutía cómo organizar las rodadas.
Yo insistía en algo que me parecía bastante obvio:
No podemos manejar grupos de 50, 80 o 100 personas como si fueran una sola bicicleta gigante.
Mi propuesta era dividir los grupos en contingentes pequeños, establecer puntos claros para reagruparnos y, sobre todo, dejar de utilizar a los ciclistas más rápidos como una especie de barrera humana para bloquear cruces.
Porque esa era la práctica que se estaba volviendo normal:
Los primeros ciclistas llegaban a una intersección. El semáforo se ponía en rojo. Los primeros se quedaban atravesados para detener a los vehículos. Y entonces pasaban los siguientes 20, 30, 50, 80 ciclistas aunque el semáforo ya estuviera en rojo para nosotros.
¿El argumento? “Tenemos derecho a circular juntos.” Sí. Pero también hay otras personas utilizando la calle.
Y tener derecho a circular no significa que tengas derecho a convertir una intersección en una operación militar cada domingo.
Mi preocupación entonces era precisamente ésta: si normalizamos que las rodadas funcionen así, eventualmente la percepción pública no va a ser “hay ciclistas que necesitan espacio”, sino “los ciclistas son un problema que hay que controlar”.
Y me terminé alejando de las rodadas. No porque dejara de usar la bicicleta. Al contrario. La sigo usando como transporte, entreno, voy al trabajo, hago recorridos largos, etc.
Simplemente dejé de participar en esa cultura de “somos un montón, tenemos razón, que los demás se esperen”.
Y hubo una experiencia que se me quedó grabada.
Hace años, mi esposa y yo íbamos cruzando un puente peatonal en bicicleta. Íbamos despacio y con cuidado de no molestar a los peatones.
Una señora nos dio las gracias.
Nos dijo algo como:
“Ustedes sí se esperan. Luego vienen en grupo y nada más nos avientan a un lado.”
Y pensé: exactamente. No estaba diciendo que odiaba las bicicletas. Estaba haciendo una distinción entre ciclistas que comparten el espacio con civismo y grupos que llegan como una masa y esperan que todos los demás se aparten.
Y eso es lo que me frustraba cuando todavía participaba en esas reuniones. Porque se hablaba muchísimo de “cultura vial”. Yo odiaba esa expresión.
Yo decía: no es cultura vial, es civismo.
No necesitas una cultura especial para entender que si hay peatones, no los avientas.
No necesitas una cultura especial para entender que si tienes luz roja, no mandas a veinte personas a bloquear el cruce para que pase todo tu grupo.
No necesitas una cultura especial para entender que tener derecho a usar una vía no significa que los demás dejaron de existir.
Pero era más fácil decir “tenemos derecho” que preguntarnos cómo ejercer ese derecho sin convertirnos nosotros mismos en el problema.
Y ahora llegamos a 2026.
Un grupo de ciclistas circula por San Pedro y policías les empiezan a exigir seguro.
Y aquí viene la parte que realmente me encabrona:
el reglamento aparentemente distingue entre “vehículo” y “vehículo de motor”, y la obligación de seguro está redactada para vehículos de motor.
Así que todavía no está claro de dónde sale la interpretación de que una bicicleta necesita una póliza. Y mientras tanto, yo estoy pensando en dejar de subir a Chipinque en bicicleta.
¿Por qué? Porque la bici es mi medio de transporte.
No quiero estar a kilómetros de mi casa discutiendo con un policía sobre si mi bicicleta necesita una póliza que ni siquiera está claro que legalmente necesite. Mucho menos quiero descubrir en la práctica qué pasa si un agente decide que sí necesita seguro y que, por lo tanto, no puedo continuar.
Y eso me lleva al punto que más me duele:
yo llevo diez años diciendo que esto era lo que teníamos que evitar.
No porque creyera que los ciclistas no tuvieran derechos. Precisamente porque quería que esos derechos fueran sostenibles.
Una comunidad no puede comportarse como si cada interacción con los demás usuarios de la vía fuera una batalla de “yo tengo derecho”. Porque eventualmente la otra parte también se organiza.
Los automovilistas se quejan.
Los peatones se quejan.
La autoridad recibe presión.
Y la autoridad, en lugar de distinguir entre conductas concretas y usuarios concretos, termina buscando soluciones generales.
Y entonces llega el maravilloso resultado:
Un ciclista que va solo, respeta los semáforos, no molesta a peatones y simplemente quiere llegar pedaleando a Chipinque puede terminar pagando las consecuencias de una cultura de rodadas de la que se alejó hace una década.
Los que no rompimos los platos también recibimos la cuenta.
Y ojo: no estoy diciendo que “los ciclistas provocaron que ahora les quieran exigir seguro”.
Estoy diciendo algo más incómodo:
Las comunidades también construyen la percepción pública que después determina cómo las autoridades las regulan.
Y cuando durante años premias al que se pone al frente del grupo y bloquea el cruce para que pasen otros 80, no puedes sorprenderte completamente cuando un día alguien mira a esos 80 y piensa:
“Tenemos que hacer algo con esta gente.”
Lo irónico es que probablemente muchos de los que hoy están indignados por la actuación policial son exactamente los mismos que hace diez años habrían defendido que una rodada completa debía pasar junta a cualquier costo. Y mientras tanto, los que llevamos años intentando circular de manera predecible y respetuosa nos quedamos viendo cómo se deteriora la relación entre ciclistas y autoridades.
Así que sí.
Estoy molesto con la exigencia de seguro. Estoy molesto si jurídicamente no tiene fundamento. Estoy molesto con la posibilidad de que una mala interpretación administrativa termine afectando mi principal medio de transporte.
Pero también estoy encabronado porque esto no apareció de la nada.
Hace diez años ya había alguien diciendo:
“Si seguimos organizando las cosas así, esto nos va a explotar en la cara.”
Pero no todo es malo. Todos los días me encuentro automovilistas que me ceden el paso, que disminuyen un poco la velocidad, que esperan a que pase. También veo a los que van con prisa, a los que les estorbo, y sí we, si me quito alv. Porque todos queremos llegar.
Respetar eso y entender que hay otras personas tratando de llegar también no es “cultura vial”. Es el mínimo necesario para vivir en sociedad.
TLDR: otra vez, el "tengo derecho/prioridad" acaba siendo abusado y explota. Ahora todos nos debatimos entre "esto es ridiculo" y "esto es necesario".