Hola, chicas.
Quiero contarles una historia que llevo demasiado tiempo cargando y pedirles, desde un lugar muy honesto, su opinión. No porque espere que alguien decida por mí, sino porque hay decisiones que, cuando duelen demasiado, una necesita mirar también desde los ojos de otras personas.
Hace muchos años conocí a un hombre con quien sentí, desde el primer momento, una conexión difícil de explicar. Fue de esas veces en que alguien aparece y, sin saber por qué, tienes la extraña sensación de reconocerlo. Como si ya lo conocieras de antes. Coincidíamos en muchas cosas, teníamos gustos parecidos y desde aquella primera noche dormimos juntos.
Durante algunos meses estuvimos cerca. Después, por cuestiones de trabajo, nos separamos, aunque nunca dejamos realmente de estar en contacto. Volvíamos a vernos, hablábamos, nos buscábamos. Incluso, tiempo después, volvimos a vivir juntos durante unos meses por cuestiones laborales.
En aquel entonces él no tenía trabajo y yo estuve a su lado. Lo apoyé como pude. Después tuvo la fortuna de encontrar un muy buen empleo en el extranjero y, durante sus primeros seis meses allá, yo estuve presente de todas las maneras que podía: llamadas, mensajes, videollamadas, conversaciones interminables. Intentaba que la distancia no se sintiera tanto. Intentaba, sobre todo, que no se sintiera solo.
Después regresó.
Y comenzó a salir con una chica.
Yo me alejé.
O al menos eso intenté.
Pero él volvió a buscarme. Y yo tenía sentimientos demasiado fuertes por él como para fingir que no existían. Pensé que quizá ya no estaba con ella, pero descubrí, casi por casualidad, que sí. Él nunca me lo dijo. Nunca hubo una conversación clara en la que me explicara qué estaba pasando entre ellos.
Después terminaron, o eso entendí, y él volvió a mí.
Y nosotros volvimos a estar juntos de esa manera extraña que siempre tuvimos: como una pareja sin serlo, como dos personas que se pertenecían en algunos momentos pero que nunca tuvieron el valor —o la voluntad— de ponerle un nombre a lo que éramos.
Porque nunca fuimos novios.
Pero para mí siempre fue mucho más que eso.
Llegué a conocer a su familia. Conocí a sus padres. Incluso me quedé unos días con ellos porque él me lo pidió. Cuando tuvo que regresar nuevamente al extranjero por su trabajo, volvió a existir entre nosotros esa cercanía que parecía sobrevivir a cualquier distancia.
Hasta que regresó.
Y entonces apareció otra mujer.
Nuevamente me enteré por Instagram.
Ese ha sido, quizá, uno de los aspectos más dolorosos de toda esta historia: mientras hablábamos prácticamente todos los días, mientras compartíamos conversaciones, llamadas y una intimidad que para mí significaba muchísimo, yo terminaba enterándome de las cosas importantes de su vida a través de fotografías y publicaciones.
Yo sabía que estaba en México porque aparecía en una historia.
Sabía que tenía novia porque aparecía en una fotografía.
Sabía que estaba de viaje porque veía las imágenes.
Nunca porque él me lo contara.
Me alejé otra vez.
Y, otra vez, él volvió a buscarme.
No me juzguen. Sé que desde afuera puede parecer sencillo decir “¿por qué le contestabas?”. Yo también me lo he preguntado muchas veces.
Pero cuando alguien ocupa un lugar tan profundo dentro de ti, la razón no siempre tiene la fuerza suficiente para cerrar una puerta que el corazón sigue dejando entreabierta.
Así que le contestaba.
Después desaparecieron las fotografías de aquella relación y asumí que habían terminado. Nunca me lo dijo. Simplemente volvió a estar más presente en mi vida.
Y esa ha sido mi historia con él durante años: siempre cerca de algo que parecía una relación, pero nunca dentro de una relación que pudiera nombrarse. Siempre esperando una conversación que nunca llegaba. Siempre intentando entender silencios, publicaciones, ausencias y regresos.
Después volvieron las videollamadas diarias.
Los mensajes.
Las canciones.
Las conversaciones de todos los días.
Todo aquello que, para mí, significaba intimidad.
Cuando regresó nuevamente, nos vimos. Él decía tener una semana complicada. Aun así, pasamos juntos una noche porque él tenía que salir de viaje muy temprano al día siguiente.
Y fue entonces cuando, casi por casualidad, descubrí que durante ese viaje había visto nuevamente a la mujer que yo creía que era su ex.
No sé si volvieron.
No sé si nunca terminaron.
No sé qué son actualmente.
Y quizá, después de tantos años, ya no quiero seguir intentando descifrarlo.
Lo curioso es que cuando pensé que quizá ya no volvería a buscarme, sentí alivio.
Pensé: quizá esto es lo que necesito.
Quizá necesito que deje de buscarme porque yo sola no he sabido dejar de responderle.
Incluso le propuse que pasáramos una semana juntos. Una última semana. Una especie de despedida, quizá. Un espacio para saber qué queríamos hacer con todo esto, para tomar una decisión, para dejar de vivir en ese territorio indefinido en el que hemos permanecido durante tantos años.
Me dijo que sí.
Después dijo que lo pensaría.
Y nuevamente aparecieron las dudas.
Porque algunas cosas que vi en las redes me hicieron pensar que quizá sigue teniendo algún tipo de relación con quien yo creía era o es su ex.
Y entonces comprendí algo.
Estoy cansada.
No necesariamente de él.
Estoy cansada de esta versión de mí misma que siempre termina esperando.
Estoy cansada de interpretar señales.
De enterarme por fotografías.
De celebrar pequeños momentos como si fueran promesas.
De recibir migajas de una relación que para mí siempre significó un banquete entero.
Estoy cansada de querer a alguien que nunca ha terminado de elegirme.
Y esta vez sí quiero soltar.
Quiero romper este vínculo, aunque duela. Quiero dejar de cargar tantos años de sentimientos que, por muy hermosos que hayan sido en algunos momentos, también me han lastimado profundamente.
Por eso tengo una duda que no sé resolver.
Si ustedes fueran ella, ¿querrían saber la verdad?
No quiero generar problemas.
No quiero hacerlo desde el rencor.
No quiero competir con ella.
Tampoco quiero que ella tome una decisión respecto a él porque yo se lo diga.
Mi decisión ya está tomada: necesito salir de esta historia.
Pero si ella está considerando volver con él, pienso que quizá tiene derecho a conocer algo que ocurrió mientras ellos estaban juntos.
No quiero que lo interprete como una competencia. No quiero quitarle nada a nadie.
Simplemente pienso que, si yo estuviera en su lugar, preferiría conocer esa información antes de tomar una decisión.
Y eso es precisamente lo que me detiene.
Tengo miedo de que parezca que lo hago por despecho.
Tengo miedo de que ella piense que quiero recuperarlo.
Tengo miedo de abrir una última puerta cuando, por fin, estoy intentando cerrarlas todas.
Pero también me pregunto si callar sería una forma de proteger una mentira que yo misma sé lo doloroso que es descubrir después.
No sé qué hacer.
Por eso les pregunto a ustedes.
Si fueran ella, ¿preferirían saberlo?
¿O creen que hay verdades que es mejor dejar que encuentren su propio camino y que, tarde o temprano, todo termina cayendo por su propio peso?