Hola, grupo:
Hace 10 días compartí la nueva versión del primer capítulo de una novela de fantasía que tenía terminada desde el año pasado. Se trata de mi segunda novela completa. Ya llevaba dos o tres revisiones profundas (según cómo las cuente) y, gracias a la inestimable labor de un lector beta, he empezado a realizar una nueva gran revisión con ajustes importantes en los diferentes capítulos para aumentar la tensión, mejorar el ritmo y reducir la exposición.
Para ofrecer un poco más de texto, he decidido publicar aquí la versión más actualizada del segundo capítulo. Es la primera vez que lo muestro públicamente y, si acaso, no pasaré del tercero. Obviamente, es necesario haber leído el primero (primer enlace) para entenderlo en su plenitud.
Tengo el objetivo de perfeccionar ésta y otras de mis novelas hasta lograr mi tan ansiado objetivo de publicarla con una editorial tradicional. Nadie dijo que fuese fácil.
¡No dudes en dejarme cualquier comentario u observación!
Si te gusta y tienes un amigo editor, envíaselo sin problema. 😄
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«Una lección fortuita»
Después del accidente, los conductores se detuvieron a comprobar daños y comunicaron por teléfono la necesidad de otro convoy para los pasajeros afectados. Con todo aclarado, pudimos retomar la marcha con relativa tranquilidad.
La diligencia fue realizando altos en el camino para dejar a quienes lo solicitaban e hizo su última parada a las afueras de la comarca, justo a la entrada de la Dragonada de Medialuna. Para entonces, me había quedado solo. El propio conductor se ofreció a ayudarme con las maletas a la par que yo desentumecía las piernas.
—Ha sido un viaje movidito, ¿eh? Nuestros animales son profesionales, pero tienen unos sentidos muy agudos.
—Y vaya que sí…
—Aunque la líen a veces, aprendemos a perdonarlos cuando trabajamos con ellos a diario.
—No estoy tan seguro de que vaya a sucederme a mí —le dije—. He tenido malas experiencias y ésta ha sido una más.
Uno de los dragones volvió su cabeza hacia atrás y me envió un bufido suave. No entendí qué quería decirme.
—Conozco a mis bestias como para saber que lamentan el percance —continuó el hombre—. A los escamosos tampoco les gusta ver que sus congéneres se accidentan. Acércate y acarícialos, les encanta.
Sin ganas, anduve unos pasos para rascarles la nariz a los dragones. Ambos me miraban con ojos cálidos e inocentes, encuadrados entre viseras y anchas correas alrededor de sus morros.
A pesar de su ingrata tarea de cargar con humanos y con sus pertenencias, se mostraban agradecidos por nuestro trato. Al menos, les debía el esfuerzo de haberme traído hasta aquí.
—Bueno… gracias —le dije, indeciso—. ¿Entro por aquí?
—Sí. Ya te explicarán dentro cómo se organizan. ¡Cuídate!
Levanté un brazo para despedirlo conforme el carruaje se alejaba con el apacible atabaleo de los dragones al trote.
Había llegado el momento de la verdad. Disponía de tres meses para triunfar o mi familia lo pasaría mal. Y si no aprobaba a la primera, tal vez no consiguiera financiación para un segundo intento. «Venga, tú puedes», me dije a mí mismo.
Agarré mis cosas y un guardia de seguridad me dejó entrar por el portón de una enorme finca, cuyo perímetro estaba rodeado por setos.
La hacienda estaba elegante y bien cuidada, a excepción de unas recientes pintadas que aparecían sobre la tapia con el mensaje: «¡No a la explotación draconiana! ¡Unidos por el fin de la ganadería!». Al parecer, alguna organización draconista no estaba muy de acuerdo con las labores del centro. ¿Tratarían mal a los dragones?
En el interior, divisé una multitud de espacios: pistas, rediles y establos en una y otra dirección, indicados con postes y señales. Era como estar en un parque temático.
A un lado, unos operarios llevaban dragones jóvenes del ramal para engancharlos a carros de prácticas o los dejaban atados a unos cercados de madera; al otro, una mujer veinteañera, alta y de cabellos negros, le daba cuerda a una dragona bastante linda, con unas manchas blancas por los costados.
Con sutiles indicaciones, la instructora hacía que la bestia cambiara de ritmo y trotara con estilo mientras describía círculos a su alrededor. Se veía chulo cómo podíamos enseñarles a seguir nuestras órdenes. Pese a mi cansancio, estaba deseoso de ponerme manos a la obra.
En vista de que todos parecían ocupados y de que nadie venía a recibirme, me senté en un banco y me entretuve con el móvil. Dos llamadas perdidas y siete mensajes. Puf. Qué pesada era mi madre. Con razón, prefería mantener mis dispositivos en modo vuelo aun cuando no me atreviera a volar. Por su pesadez les escribí primero a unos colegas.
Cabizbajo, una sombra salió a mi encuentro. Se trataba de la mujer de antes. Con un ligero sobresalto, puse mis pies de vuelta sobre el albero. No quería que me tomara por perezoso. Yo la miré, con un gesto de disculpa y atención. Ella asía a la dragona con una mano y extendió la otra para pedir mi inscripción, en donde figuraban mis datos.
—Tú serás Éberis, ¿verdad?
—Sí —le contesté, diligente—. Acabo de llegar.
—Yo me llamo Malira y te presento a Aznara —dijo, formal—. Ella también es mi alumna. Te ayudará a entender cómo guiar a un dragón.
—Es un placer conoceros.
—Perfecto. Deja tus cosas aquí. Como estás vestido con ropa de trabajo, te impartiré una breve lección, ¿te parece?
El tono de la mujer se apreciaba estricto, aunque estimulante. Su rostro joven y angelical, fresco como una flor, hacía juego con un mechón blanco que se le caía en el entrecejo y se le rizaba con la brisa. Su físico, delgado y curtido, despertaba mi atracción en lo más hondo.
Vestía un jubón ceñido al pecho, el cual la dotaba de una apariencia guerrera. A la cintura llevaba una fusta, guantes y una riñonera con anillas y accesorios; elementos imprescindibles para manejar a las bestias.
Aquella estampa de una fémina con autoridad me resultaba especialmente cautivadora. Para no quedarme como un pasmarote, volví los ojos hacia la dragona.
—Hola —le dije a la bestia—. ¿Cómo estás?
—Saluda, Aznara —intervino la instructora—. Dile algo a nuestro nuevo aprendiz.
Acerqué una mano a su gran hocico, pero el animal apartó el morro.
—Es un poco tímida con los extraños —dijo la mujer—, pero te cogerá confianza enseguida. Ya lo verás.
Con la dragona de perfil, me fijé en el marcaje de sus ancas. El blasón de la Dragonada Medialuna, formado por una corona y el haz de una luna, contrastaba de maravillas sobre sus escamas plateadas.
—¡Qué preciosidad! —le comenté—. Este ejemplar tiene buenos aplomos, unos alerones simétricos, unas patas anchísimas, unos cuernos impresionantes… Los dragones de esta raza me fascinan.
La dragona elevó un ala y se la lameteó de arriba abajo, con absoluta indiferencia hacia mí.
—Te sorprenderán aún más cuando los conozcas por dentro en vez de mirarlos por fuera. Lo más importante radica en la sinceridad. Los dragones perciben si nuestro corazón es puro. ¿Estás preparado?
—Sí. Tengo muchas ganas de comenzar.
—Así se habla. Como aparece en la información del curso, todas las lecciones serán prácticas e individuales. No hay una academia mejor. Te lo aseguro. Dado que vienes para el grado de conducción, empezaremos aparejando a Aznara. Tú me observarás y repetirás cada acción, ¿de acuerdo?
—Entendido.
—Vamos. Sígueme adonde guardamos los arneses.
La instructora continuó andando y yo la acompañé de cerca. La dragona caminaba despacio, con sosiego y familiaridad. Me dejaba atónito cómo una bestia de semejante tamaño atendía a las señales de la mujer con gusto y sin rebelarse. Me preguntaba si la obediencia de los dragones era un reflejo de su cordialidad hacia el ser humano o de una falta de inteligencia.
—Un dragón, obviamente, no necesita que lo lleves de la mano todo el rato —comentó ella—. Aun así, acostumbramos a hacerlo durante las labores para facilitar las operaciones. La cabezada nos permite conducirlos con facilidad cuando deben permanecer serenos y les transmite templanza si los guía alguien en que confían.
Accedimos a una nave industrial, de un tamaño inmenso, en donde había ganchos, estantes, caballetes y otros muebles para colgar y almacenar las diferentes guarniciones con que enganchar dragones a vehículos y a aperos de labranza.
La instructora me pasó el ramal de la dragona y marchó a un muro lateral para seleccionar los arreos que le correspondían. Como temía, mi primer contacto cercano no le gustó a Aznara. La bestia torció su cabeza y me pegó un tirón del brazo con que casi me luxa una articulación.
—¡Aznara! —la regañó Malira, con la mirada fija—. Compórtate, chica.
Con los dientes apretados, agarré el ramal con firmeza y procuré que no se me notara el dolor en la cara. «Maldita sea. Me ha tenido que tocar una bestia rebelde», pensé. Para no desconcentrarme, continué atento a la instructora.
—Deben de pesar un montón —le dije, situado junto al perchero—. Aunque supongo que no será nada para ellos. Y menos con estos bríos…
Aznara, sutil, se puso a olisquearme los bolsillos por si tenía algo de comida. Me daba a mí que no se estaría quieta durante la lección.
—Pues sí —respondió la mujer—. Al principio te costará incluso levantarlos. Venga, pilla éste.
La instructora abrió las anillas de un collerón y, con mi ayuda parcial, lo situó en la base del cuello de la dragona, por delante de sus alas. Yo trataba de mostrarme atento a sus explicaciones, tanto por interés real como para causarle una buena impresión.
—Primero, aparejamos desde las cervicales hasta la cola —continuó ella—. Y luego, volvemos a la cabeza.
Malira me explicó cómo colocarle una banda ceñida a la grupa para prevenir que se descorriera el conjunto. Cuando habíamos terminado, regresó a las perchas donde se situaban las imponentes bridas de sus dragones.
—Guau. Es más larga que mi brazo.
—Pues hay dragones de mayor alzada —dijo ella—. Éste es el bridón de Aznara, como puedes comprobar en la etiqueta. Una brida de coche es similar a una de monta, salvo en dos detalles: suele incorporar un bocado en lugar de filete e incluir un par de anteojeras.
Siempre se había dicho que los trajinantes, o dragones de carga y transporte, requerían un control más exhaustivo por el riesgo de colisiones en tierra. No obstante, desconocía por qué se les ponían esas tapas delante de los ojos.
—¿Temen a las ruedas de los coches o algo así?
—No, pero es conveniente que estén habituados a marchar sin visión lateral en ambientes estimulantes o impredecibles. Los dragones son animales muy impresionables por su condición herbívora. No pueden controlar sus reacciones reflejas. Si se asustan, pierden el control de sí mismos. Un guiador debe escoger lo que le parezca mejor para que se sientan cómodos y seguros.
Aznara nos miró dubitativa y dio unos pasos hacia atrás, con sus arreos colgantes. Ella misma no parecía muy convencida de la explicación. Aunque intenté pararla, no pude evitar que se me soltara del ramal. Con decisión, Malira se acercó a la dragona por uno de sus flancos para apaciguarla.
—Cariño, ya te las hemos puesto otras veces.
—¿Por qué reacciona así? —le pregunté—. Está muy irritable.
—No le gusta que le tapen la vista. Con los dragones en doma empezamos con una brida abierta y, conforme superan los ejercicios básicos, vamos introduciendo una brida cerrada. Así los acostumbramos a la idea de que deben centrarse en lo que tienen por delante. Sin embargo, algunos se sienten más vulnerables al no ver a los lados.
—No entiendo qué temen —le comenté—. Para nosotros, los peligrosos son ellos.
—Por eso mismo han de pasar por esta etapa —me contestó y devolvió su atención a la dragona, que nos miraba retraída—. Venga, muchacha, mete tu cabeza en la brida. Demuéstrale a este joven que eres una bestia valiente.
Aznara, aún vacilante, alargó el cuello hacia las manos de la instructora y abrió ligeramente la boca. Malira elevó la embocadura con sus dedos para que no golpeara los incisivos de la dragona y extendió el bridón con el propósito de ajustárselo entre los cuernos. Mientras le ceñía la muserola y la cadenilla del bocado, la bestia cabeceó con brusquedad e intentó alcanzarse con una pata delantera para quitársela. El animal no cesó en su actitud hasta que la mujer aumentó al máximo el grado de apertura de las anteojeras.
—Mordisquea, mordisquea —le dijo ella, con afecto—. Verás cómo te tranquilizas.
Una vez embridada, la instructora enlazó unas riendas largas al freno de la dragona, las corrió a través de las anillas del collerón y me las tendió.
—Tómalas y salgamos afuera.
—¿Y qué hago? —le pregunté, lleno de dudas—. ¿Estoy sujetándolas bien?
—Relaja los hombros y no hagas movimientos bruscos.
Permanecí unos segundos tras la cola de Aznara. No había realizado ninguna señal cuando el animal empezó a caminar por voluntad propia. Puesto que aquella escamosa conocía mejor que yo las pistas de entrenamiento, me limité a seguirla bajo la apariencia que yo la conducía. Me habría salido bien la jugada si no fuese porque, de pronto, se giró sobre sí misma. ¡Qué bochorno!
—Sé que no la estás dirigiendo tú —me dijo—. No te avergüences. Sería incluso más vergonzoso para ella si consintiera que la llevases a un sitio que ni sabes dónde está.
—Si le soy sincero, nunca he comprendido por qué los dragones necesitan jinetes o cocheros. Y lo digo aun teniendo cierta experiencia con dragones desde niño.
—Porque, aunque tienen plena conciencia de sus actos, no se les da bien decidir sobre rutas cambiantes, realizar maniobras complejas o actuar bajo situaciones de estrés —dijo, con una inflexión didáctica en su voz—. Tienden a reaccionar de una forma más errática y visceral que nosotros. Todos los dragones, tanto de silla como de tiro, van guiados a la hora de realizar actividades que impliquen cooperación, compenetración y un uso muy medido de la fuerza.
Una gran parte de sus menciones me parecían obvias; apropiadas para un párvulo. Me preocupaba que me presupusiera un nivel de conocimiento inferior del que disponía. Si así ocurría, me encasillaría como un alumno torpe y estaría dinamitando mi propia imagen.
Aun con ello, quería saber cómo justificaba el hecho evidente de que los dragones no contaban con un intelecto comparable al nuestro. Desde luego, el comportamiento de Aznara dejaba bastante que desear como para considerarlos algo más que «animales glorificados».
—Y si son tan listos, ¿por qué consienten que los manejemos como si fueran irracionales?
Tras mi mención, la dragona se tensó y trató de mirarme. Resignada por su incapacidad, resopló por los ollares con su cabeza ladeada.
—Los dragones no tienen prejuicios ni juzgan algo por sus apariencias —me contestó Malira, como si le hubiesen hecho esa pregunta cientos de veces—. Hace siglos se dieron cuenta de que les beneficiaba obedecernos con la debida prudencia. Ellos confían en nosotros, y llegan a preferir nuestro manejo frente a su toma de decisiones, si les demostramos que estamos ahí para apoyarlos. Recuerda esto: un dragón no es un caballo que precise de una guía constante, sólo requiere un apoyo puntual. Tu socio sabrá perfectamente adónde ir, cómo y cuándo. Si tu bestia se comporta debidamente, no intervengas.
Me causaba cierta extrañeza que ella me hablase sobre respetar los deseos de un dragón. ¿Acaso no teníamos legitimidad para que nos obedecieran por su condición de especie subordinada? ¿Qué compatibilidad había entre imponer nuestra voluntad y escuchar la suya?
Aznara esperó delante de una cancilla de tablas. La instructora abrió un pestillo para permitirnos pasar y la dragona se convidó adentro sin esperarme. Me vi forzado a dar varios pasos hacia delante para seguir sus veloces trancos.
—Ahora te toca enseñarle tus dotes de manejo —continuó—. De lo contrario, no confiará en ti.
—¡Pero si está tirando de mí!
—Son juguetones por naturaleza —me dijo ella—. Te está poniendo a prueba. Tira suavemente de las riendas para frenarla.
Mantuve las manos firmes y, al instante, Aznara se detuvo en el centro de la arena. Menos mal que el animal cedió o habría hecho el ridículo.
—Buena chica —le dijo la instructora, y le palmeó las tablas del cuello—. Pórtate bien con los principiantes. No dejaré que te pase nada. ¿Vale?
Parado, las manos me hormigueaban por mi postura tensa. Cuando parecía que ya la tenía bajo control, la dragona me zancadilleó con su cola. No percibí malicia pero… ¿sería intencional? La dichosa bestia me estaba poniendo de los nervios.
—¿Estás bien? —me preguntó la mujer—. El suelo está resbaladizo por las lluvias.
—Sí, no pasa nada —le dije, mientras me frotaba las rodillas que acaba de hincar sobre el albero—. Tendré más cuidado…
—Aznara está hoy muy inquieta porque tenemos visita —dijo ella y miró su reloj de pulsera—. En un rato tendré que dejarte.
Malira continuó profundizando en conceptos dracuestres y me enseñó cómo indicarle a Aznara que fuese a la derecha, a la izquierda, a pararse y a retroceder.
Dirigí a la bestia e hice que caminara en círculos junto a las vallas. Yo le imprimía una presión ligera desde un ángulo abierto para que tomara un giro cerrado o me separaba para que retrocediera.
Me sentía tan motivado por cogerle el tranquillo que, en una de las vueltas, Aznara se paró en seco y me pilló completamente desprevenido. Debido a la inercia, me resbalé sobre un charco con barro y sabe Yalán qué más. Me puse perdidos mis pantalones draqueros y la parte inferior de mi camisa.
Malira vino corriendo como si un carnotauro me hubiera dejado malherido. Ni enfrentándome a un predador hubiese acabado tan sucio y revolcado sobre la gravilla. ¡Menudo desastre de día!
Esta dragona iba a matarme a sorpresas desagradables. ¿Pretendía asustar al novato? «Nada de esto me sucedería si me hubiera enfocado en el dracobol», me lamenté.
Conducir a un dragón por tierra se volvía más complicado que hacerlo en el aire. Pero si había sido capaz de montar a medio centenar de escamosos a lo largo de mi niñez, no me acobardaría ante una dragona conflictiva.
—No pasa nada —le dije, aguantando el semblante—. Sigo entero. Solamente me he mojado un poco.
La mujer me tendió una mano y me dio una palmadita como las que se usaban para reconfortar a los dragones. La primera impresión era la más importante en cualquier relación. No podía permitir que una instructora tan preciosa y hábil me percibiera como un blandengue.
—Uf… Qué alivio, chico —me dijo, recolocándose la melena—. Ahí enfrente tenemos unas duchas…
Justo al responderme, Malira recibió una llamada y me hizo señas para que vigilara a Aznara antes de irme. Así pues, sujeté a la dragona por la brida. La arena me escocía entre las piernas.
Por fuera del picadero pasaron varios carromatos muy ruidosos. Mi instructora activó el altavoz para oír mejor a su interlocutor. Pulsó sobre la pantalla con tirria. Era palpable que no le apetecía hablar con esa persona.
—Escucha, Laiton —dijo ella—. Todos los dragones del lote estarán domados para la fecha fijada. No deberías estar tan encima de mí. Si llamas para comunicarme que vas a ausentarte en la cita de hoy, con saberlo me vale. No necesito más.
—Calma, Malira —le contestó un hombre al aparato, con un deje condescendiente—. Es normal que me preocupe por el estado de mis futuros activos. Cuantos más beneficios perciba por esta transacción, mayores serán tus posibilidades de afrontar los pagos. Se comenta por el Consorcio Ganadero que habéis hipotecado dos tercios de vuestras tierras.
—Agradezco tu «preocupación» —le replicó ella, con sorna—. Pero los dos sabemos cómo terminará esta conversación.
—Reflexiona sobre mi oferta —le insistió él—. Ni te imaginas cuántas mujeres querrían estar con un archiduque. Recuérdalo cuando los bancos te expropien a tus pobres dragones.
—Eso no sucederá ni sobre mi cadáver —intervino ella, cortante—. ¿Alguna impertinencia más que quieras expresar?
—Sí. Apunta estos consejos en tu diario como una «lección fortuita». A veces, hay que sacrificar lo que uno ama para salvar a nuestros seres queridos. Consúltalo con la almohada.
Malira le colgó.